Carón - Ciclo 9497 (Parte I)

Puede oír la impertinente brisa meciendo la hierba alta y seca. Como un susurro, hace crujir el horizonte. Algunas estrellas persisten en su intento de protagonizar una cúpula cada vez menos oscura.  El cuerpo pesa bajo las sábanas. A lo lejos, el canto plateado de un ruiseñor acompaña el primer brillo del alba. Puede ver todavía el lucero a media altura. La piel y el vello erizados, su puño está fuertemente cerrado, agarrando algo. Mientras, su mente a la deriva, en calma, paladea la dulce falsa sensación de no tener nada que hacer.

Eliot despierta en su cama. Envuelto en la simulación de un amanecer de lo que parecen los campos de hierba alta de lo que alguna vez fue un lugar en paz en la Tierra. La decepción de seguir en la Carón le invade otro día más, pero después de tantas veces, es rápido de gestionar. Un automatismo nacido de no conocer otra alternativa. Al estirarse se da cuenta de que tiene el puño agarrotado y que sostiene algo, pero al abrirlo no encuentra nada. Aunque la sensación de tener un pequeño objeto redondeado queda fotografiado en el tacto de su piel. 

Eliot se queda absorto mirando el techo de su habitación mientras disfruta de la sensación de quedarse atrapado en un mar de mantas. Los tonos del alba van coloreando la estancia, primero pálidos y tímidos, para poco a poco pintar las paredes de rosado y dorados. La tranquilidad más profunda hunde la cabeza de Eliot en su almohada mientras se arremolina en la acaramelada vagancia. Pero, el sistema ha llegado a la rápida conclusión de que este despertar va a ser más largo de lo deseado para un sistema productivista por lo que una cacofonía de sonidos pájaros e insectos irrumpen en la escena, destrozando la sensación de paz.
La luz blanca y fría va aumentando su intensidad, abandonando la calidez y la sensación de comodidad. El último sueño ha sido tan vívido que tiene la sensación de estar viéndolo una y otra vez proyectado en sus ojos. Se extraña, pero no quiere darle más importancia.

Se dirige con pesar a la ducha, mientras el piloto de Dalia parpadea, al que ignora a sabiendas. La sensación de alargar esa decisión parece ser un rinconcito de libertad. 

Empieza a preparar el desayuno, ignorando el piloto parpadeante, hasta que es la propia Dalia quien en un arranque de humanidad simulada empieza a hablar pidiendo la atención necesaria para afrontar la larga lista de tareas que le están esperando. Engulle la insípida comida de vistosas formas intentando prestar atención a la cascada informativa no deseada de Dalia.

Echa un vistazo a su habitación antes de marcharse y al comprobar que todo sigue en su sitio se dirige hacia su puesto. Se viste con la ropa que recuerda a todos sus compañeros su posición y sus tareas, y, con los utensilios toscos de trabajo está preparado para empezar otro día que promete ser tan monótonamente emocionante como el anterior.

Empieza a recolectar los frutos olvidados por los dejados de sus colegas y aprovecha para ir revisando los filtros obturados que hay por todas partes. Dalia va guiándole para que no tome decisiones poco productivas, a veces amable, otras molestamente testaruda. 

Una vez alcanzado el 53% de recolección, según le indica Dalia, puede echar un vistazo al resto del módulo agrícola, dejando atrás la parte hortícola.

    En estos momentos, muchos de los árboles frutales están siendo sometidos a una simulación "invernal", con ciclos diurnos cortos y noches heladas para asegurar una buena cosecha más adelante. Los perales, de los que depende una parte de la vida social de la nave, están durmiendo. Parecen un montón de fichas de ajedrez estridentemente creativas, dispersas pero ordenadas en filas. Calvas, desnudas, secas y frágiles. No se parecen en nada a lo que pronto serán: un despliegue, una explosión y un desfile de color verde en sus aparentemente delicadas, aunque firmes, hojas, con flores blancas coronadas de estambres dorados con flotantes joyas granates.

    Este fenómeno proporcionará mucho más trabajo a Eliot y a sus compañeros. Existe un rechazo entre los de arriba a despertar a los polinizadores que tienen almacenados. Para los que dirigen el módulo, sería añadir un elemento caótico más que podría dar muchos disgustos y, como no será su tarea, son fáciles de sustituir con un sencillo kit de pinceles y una suerte de horas de trabajo paciente y anodino por parte de los últimos en la pirámide jerárquica del sector.

    Eliot puede imaginarse pasando horas y horas frotando sus pinceles de flor en flor. Siendo un 'esclavo sexual' para los perales, obligado a hacer de abeja para perpetuar este sucio ciclo frutal. Ese extraño pensamiento queda dando vueltas en su cabeza. Es mejor no decirlo en voz alta, sentencia.

    Se cubre con la chaqueta para cámaras en hibernación y se dirige al sector frutícola. Cruza la sección peral, totalmente a oscuras, con una temperatura cercana a los cero grados Celsius, puede ver con dificultad como su aliento toma forma al exhalar. Revisa si las yemas empiezan a asomar y comprueba que, en caso de aparecer, no se congelen.

Mientras sostiene un ramillete de hojas con una mano puede intuir por el rabillo del ojo una sombra moverse entre los árboles. Al girar la cabeza, la sombra repentinamente se esconde y parece tirar una de las pequeñas bombonas vacías de nitrógeno que hay en el camino principal, golpeando el suelo con un sonido hueco.

Eliot se acerca hacia el ruido y al mirar hacia el final del sendero puede verlo.

 —Dalia...

—Dime, Eliot.

—¿Bill ha conseguido que tengamos ovejas aquí?

—Imposible. No hay ovejas ni ningún vertebrado a parte de ser humanos en la Carón.

—Creo... creo que he visto una oveja. 

—Voy a escanear tus constantes por si tuvieras delirios febriles.  

—Ya... Gracias Dalia. Pero me encuentro bien. Hace frío aquí, quizás sea algún tipo de proyección de la sala. Cada vez las hacen más realistas.

—Es posible. Para generar un espacio interactivo y estimulante la Carón tiene millones de proyecciones sensoriales personalizadas. Yo no tengo control sobre ellas.

—Será eso.      

    Sale de la cámara intentando quitarse la imagen de la oveja corriendo de la cabeza, deja la chaqueta para el compañero que la necesite y decide cruzar el bosque de bambú antes de irse. El proyecto absurdo de Bill. No ponemos polinizadores, pero generamos una suerte de "bosque" sin saber mucho sobre ello. Los ventiladores de cada lado de la cámara se encienden y apagan de forma aleatoria, haciendo que los largos troncos se muevan de un lado a otro.

La voz de Dalia surge desde su muñeca:

—Bill empezó este proyecto sin nuestra supervisión. No tuvo en cuenta la tigmomorfogénesis. Sin la exposición constante a distintas fuerzas mecánicas, las plantas crecen, pero no desarrollan resistencia a su propio peso. Se han retirado muchos ejemplares y se ha decidido generar corrientes de aire suaves pero constantes de forma aleatoria. El bambú crece muy rápido. Esta variedad es especialmente rápida. Se diseñó para obtener madera resistente en poco tiempo.

    Eliot observa en silencio la frondosidad que han obtenido. A pesar de sus fallos, el resultado a la vista es atractivo. Podría venir aquí alguna vez a relajarse. Los veinte grados, la humedad y el sonido de los troncos y hojas meciéndose forman un ambiente agradable.

—Eliot, tu jornada acaba de terminar. Debes dejar el material en la entrada, depositar las herramientas en su sitio para que sean desinfectadas y dejar sitio a tu relevo. Y si sintieras síntomas de fiebre, avisar al equipo médico de tus alucinaciones.

—Gracias, Dalia. —Eliot sigue absorto, mirando la cima de estos gigantes encorvados, lánguidos y apincelados—. Han debido adelantar el puñetero discurso. Tiempo perdido en pos del ego de unos pocos...