Decin - Parte II
—Maese Sławomir se enfadará.
El soldado joven le mira, con los ojos entrecerrados y el gesto arrugado por el sol.
—Que se enfade —Filpo se encoge de hombros y escupe en el suelo—. Si quiere ese caballo, que vaya él a buscarlo.
—Nos harán volver.
—No va a llevar la contraria a la guardia. No puede encerrar a nadie en ese castillo, y veremos si puede proteger a los que entran voluntariamente. —Se gira y mira a Eliot—. Hemos encontrado tu caballo, señor Josef. Si quieres mentir, no hay problema. Un oso lo ha devorado, se ha vuelto loco y te ha tirado de la silla… lo que quieras. Pero traerlo de vuelta será peor que dejarlo donde tiene que estar.
Filpo saca su pipa de un bolsillo oculto entre sus mangas. Porta un casco alado, ropas y cuero teñidos de negro con detalles dorados y una larga capa oscura de piel de lobo. Mientras rebusca en otros bolsillos, se quita los guantes con la boca. El escudo cuelga de su hombro, con el emblema de tres hojas amarillas sobre negro.
Eliot mira al grupo de tarpánes de color rucio, con una yegua de color canela entre ellos, nerviosos al divisarlos a cierta distancia. El viento se levanta, peinando el mar de hierba alta, y el grupo empieza a trotar en dirección a un arroyo.
—Sí. No recuerdo haber visto ese caballo nunca.
—Pues ahí tienes tu excusa. Te tiró del asiento, te diste un golpe en la cabeza, se ha vuelto loco. Vámonos. Se acerca la hora de comer y hoy quizás haya algo mejor que gachas de avena.
Filpo habla a media boca, sosteniendo a duras penas un guante y la pipa, mientras sus manos rebuscan por todos los recovecos de sus ropas.
El chico joven da un respingo:
—¡Por favor! ¡¡algo de morcilla!!
Filpo sube a su caballo gris con manchas negras y le hace un gesto para que comparta montura con el soldado joven: un caballo viejo de carga que parece haber visto demasiado. Toman el primer camino que encuentran y remontan cuesta arriba, a paso lento.
—¿Sigues sin recordar nada?
Filpo le pregunta sin mirarle, con la vista fija en la lejanía.
—Sí. —Eliot miente a sabiendas. Quizás, si deja hablar al otro, le dé más información sin darse cuenta.
—Imagino que esa yegua te tiró de verdad del asiento. —Hace una pausa y se frota la barbilla, mirando al cielo—. Pero en la enfermería no te encontraron heridas. No respondías al nombre ni sabías dónde estabas. ¿Quizás te escapaste y te caíste en una tinaja de vino?
—No creo…
—Si fuera así, tienes que decirnos dónde está esa tinaja. Nos tienen a leche de cabra, gachas, agua y un caldo transparente al que llaman sopa. No se atreven ni a acercarse al río a pescar por si los ven desde la otra orilla. ¡Se supone que en esta región saben hacer cerveza! Los mejores, según ellos. Y no hay un solo barril en ninguna aldea.
—¡Eso! Las pocas salchichas y el pan se lo dejan solo al duque y a su corte. ¡Mucha corte para tan poco castillo! —El joven que acompaña a Filpo tiene un brillo en los ojos; se le ha encendido desde que se ha nombrado la palabra morcilla.
—Cuidado con abrir demasiado la boca, Orhan. Aquí di lo que quieras, pero dentro no hables de eso.
—¡Sí, señor! —La advertencia le hace cuadrarse. Se ha relajado demasiado fácil y ahora va vigilándolos por el rabillo del ojo.
—Děčín se ha llenado de extranjeros raros, que cuentan cosas que no tienen demasiado sentido. No eres el único que ha dicho que no recuerda nada. Pero en tu caso parece cierto; otros tienen pinta de intentar escaquearse.
Hace una pausa breve.
—Nos estamos arriesgando demasiado abriendo puertas a muchachos que dicen ser silvanos pero que no recuerdan nada. Podrían ser valatos. Tienen el mismo aspecto y suenan igual.
El joven se lo queda mirando.
—Señor.
—Sí, Orhan.
—He hablado con algunos de los chicos silvanos. Ya sabe. Cuando tenemos turno de descanso, jugamos a los dados.
—Claro.
—Sí, pues los silvanos dicen que la mejor forma de diferenciarlos es preguntarles por los pájaros.
—¿Los pájaros? —Filpo paladea el humo que va surgiendo de su boca.
—Sí. De los pájaros o de cualquier cosa que crezca. Dicen que un valato no podría diferenciar una curruca de un mirlo. Ni un abedul de un roble. O una baya comestible de una venenosa.
—Vaya. Tenían fama de listos los valatos. No los hacía tan tontos.
—Por lo que dicen los silvanos, solo saben de contar monedas y de hacer trampas.
—Entiendo. No es mala esa, Orhan. Gracias. —Filpo hace un gesto rimbombante, como si pensar le exigiera más de lo que le corresponde. Adopta posturas impropias de su edad, pareciendo mayor de lo que es.
—Sí, señor. Un placer.
Filpo suelta el humo que daba vueltas por sus mejillas, mientras, les mira de arriba a abajo.
—Si nos atacan, espero no tener que ir haciendo preguntas sobre golondrinas a los soldados antes de clavarles el cuchillo en la garganta.
En el rasante del camino, a través del polvo, se perfila la silueta de un hombre junto a una oveja.
—Un pastor. Bien, quizás pueda vendernos algo o darnos información. Vamos.
Los jinetes aprietan el paso. Al oír la palabra pastor, Eliot empieza a recordar su encuentro con Karel.
—Con Yeru, buen hombre.
—Con Velmar. —El pastor parece tenso; solo le acompaña una oveja.
—¿Dónde está el resto de tu rebaño? —Filpo escudriña el margen del bosque que rodea el camino, intentando encontrar alguna otra oveja.
—Vengo de la capilla verde. He pasado allí la noche. Pero… —Mira a su pequeña acompañante con nerviosismo.
—¿Osos? —Filpo le mira, interrogándole con la mirada.
El pastor da un salto y mira a todos lados.
—¡SSSHHHT! ¡No los invoques! El pastor hace gestos frenéticos con las manos, indicándoles que bajen la voz. Filpo le mira, extrañado.
—Perdone. No quiero molestarle. Entiendo que he acertado.
—Sí, sí, pero… —Mira a los lados, como esperando que salgan bestias hambrientas por todas partes—. No me extraña que esté esto lleno de comedores de miel, si vais llamándolos a gritos.
Filpo se baja del caballo. Mantiene la distancia, pero intenta que el pastor se calme bajando el tono.
—El invierno está a la vuelta de la esquina y esos… marrones buscan la forma de engordar todo lo posible antes de que la comida escasee. Puede venir con nosotros y buscar refugio en el castillo. ¿Cómo se llama?
—Soy Karel… —La mirada del pastor coincide con la de Eliot y los ojos se le abren como platos—. ¡Muchacho! ¡Qué bueno encontrarte!
—Qué bueno verte de nuevo, Karel. —Eliot le sonríe, nervioso. Nota cómo la mirada de Filpo se le clava en el cuello.
—Vaya. De este hombre sí te acuerdas, señor Josef.
—¿Josef? Ese nombre es mejor. —Karel parece contento con ese cambio.
Filpo se gira, con la pipa entre los dientes y el entrecejo muy apretado. Le escuadriña con la mirada, buscando mentira en su rostro.
—Me crucé con él hace unos días, supongo. Me había perdido, y le dije ese nombre porque no conseguía recordar el mío.
El estómago de Ohran ruge fuerte, rompiendo la tensión de la escena. Filpo parece perder la paciencia. Le pone la mano en el hombro con un gesto rimbonbante y exagerado, buscando acobardarle.
—Kölyök... Eres un tipo extraño. Pierdes el caballo, pierdes la memoria. Pero de un pastor errante no te olvidas. O te emborrachaste más de lo que la sesera te pudo aguantar o te caiste por un barranco y te diste fuerte en los sesos. Sea como sea, si me mientes, y te aseguro que me daré cuenta más temprano que tarde, te meteremos en el calabozo hasta que se nos ocurra algo peor. ¿Entendido?
Eliot asiente con la cabeza. Aunque Filpo parece que está interpretando un papel no quiere darle motivos para mejorar su actuación.
—Por eso eras tan lento. Claro. Te habrás dado un golpe. —Karel acaricia a su oveja mientras los mira con asombro.
Filpo parece perder la paciencia y le lanza una mirada de cansancio y desconfianza.
—Bueno, volvamos al castillo. Allí podremos tener un techo y tiempo para hablar. Pastor, ven con nosotros. No querrás perder la última oveja. Además, tengo que hacerte unas preguntas.
—Está bien. Pero. Solo iré si Jarmila tiene el mismo trato que yo o que cualquier invitado. He perdido muchas amigas, no quiero separarme de esta.
Jarmila libera un profundo balido que resuena en la caja torácica de todos.
—Tienes mi palabra. Iremos caminando. Kölyök, tu y el pastor iréis delante. Orhan, vigila la retaguardia. Vamos, tengo el estómago vacío y aunque sean gachas algo es.